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Viernes, 10 Febrero 2017 - 6:08pm

Hace 80 años

Se presentó una situación similar a la de hoy, pero esta vez fueron las autoridades colombianas las que desataron decomisos de moneda venezolana.

En 1937, Cúcuta era una apacible villa con unos 57.000 habitantes, en un país que apenas comenzaba a organizarse administrativamente pero con innegables necesidades que la sociedad y los mandatarios locales continuamente solicitaban el apoyo de las autoridades centrales. Aunque no eran apremiantes, si requerían de la atención pública, antes que éstos se desbordaran y fueran imposibles de solventar. Fueron primordiales para la consolidación de ciudad, por ejemplo, la terminación de la muralla en el río Pamplonita desde el puente San Rafael (que aún no se llamaba Hernández Bustos, que en ese momento era Ministro de Guerra), hasta el puente San Luis, que aún sin terminar sirvió para guarecer los barrios de la margen izquierda de las abundadas que periódicamente se presentaban. Así las demás peticiones fueran a parar al rincón de los olvidos, los habitantes de la ciudad hacían lo posible mantener una actitud digna ante el olvido, casi permanente y que aún hoy se mantiene. Veamos pues, qué otras  necesidades se ventilaban:

1. La intensificación de los trabajos de las carreteras nacionales y el camino del Sarare; 2. La aceleración de los trabajos del Catatumbo por las compañías petroleras  para que ocupen mano de obra de la región; 3. Las construcciones necesarias para el desarrollo de la ciudad, se planteaban entre otras, la terminación de la Cárcel del Circuito, el Palacio Nacional, un nuevo manicomio, campos de deportes y el establecimiento de una granja agrícola experimental.

En cuanto a las relaciones con nuestro vecino natural, no había una dependencia notoria a pesar de los ya vencidos tratados, pues se mantenía la habitual confraternidad que venía existiendo desde tiempos ancestrales, sin embargo, la necesidad de un buen tratado comercial estable, así como unos incentivos al fomento del turismo, parecían imperativos para propiciar un desarrollo sostenible.

Y fue precisamente hace ochenta años cuando se presentó una situación similar a la que se vive hoy, pero esta vez, fueron las autoridades colombianas las que desataron persecuciones y decomisos de moneda venezolana, toda vez que desde hacía poco más de un año se había presentado un éxodo de dinero venezolano y una inmigración de obreros del vecino país, atraídos por las perspectivas de trabajo y de comodidades que se vislumbraban, una vez terminado el conflicto con el Perú.

No existían entonces las casas de cambio, una actividad existente en las fronteras de casi todos los países del mundo, así pues, la sociedad mercantil de la ciudad y los congresistas, convencieron al gobierno nacional de tomar cartas en el asunto y por tales circunstancias se expidió un decreto que reglamentaba la circulación de moneda extranjera a los turistas que ingresaban al país por sus principales puertos, Cúcuta incluida y que en el artículo segundo decía “las personas que tengan en su poder monedas de plata venezolana tienen la obligación de venderlas a la sucursal del Banco de la República en Cúcuta”, además de otras normas que produjeron consecuencias adversas para el comercio de la ciudad, porque alejó a los compradores venezolanos, toda vez que se creó un impuesto del 5% a las mercancías que se vendieran hacia Venezuela.  En este contexto, la posición asumida fue la de firmar la prórroga del convenio comercial Colombo-Venezolano expedido años atrás, a pesar de la férrea oposición que suscitó entre algunos ministros, que incluso amenazaron con demandarlo por inconstitucional; afortunadamente los impedimentos fueron aclarados y la vida económica de la región retomó su rumbo, pues las rentas departamentales de ese año permitieron que el gobierno nacional girara los recursos para impulsar las necesidades más apremiantes anteriormente citadas.

Resueltos entonces los impases presentados con los turistas venezolanos, y establecida desde entonces, la nueva actividad que permitía, con ciertas restricciones, las operaciones cambiarias, el comercio siguió fortaleciéndose como se aprecia en el despliegue que las grandes empresas del país y la región hacían entonces.

Breuer Moller & Cía., ofrecía lo último en máquinas de escribir portátiles, la Continental portátil, que permitía llevarla consigo a la casa, oficina o de viaje; también promocionaba los motores Deutz Diessel, indispensables en aquellos tiempos, cuando el servicio eléctrico era deficiente, pues además de incluir un generador eléctrico, su tamaño era reducido, apropiado para ser instalado en cualquier negocio.

Para los ingenieros y constructores, dado el impulso que se le diera entonces a la construcción de urbanizaciones, la fábrica de cementos Diamante ponía a su disposición sus renombradas marcas Diamante y Titán, que se garantizaban como productos netamente colombianos; eran vendidos por la compañía del ingeniero Salvino. Por su parte, Bavaria comenzaba a introducirse en el mercado local con sus tradicionales marcas Pilsener y Bohemia, además de su Maltina, las que competían con los productos de las dos cervecerías locales, la Cervecería Santander y la Cervecería Nueva de Cúcuta, abierta unos seis años antes. Y como el vicio no pierde oportunidad, la Compañía Colombiana de Tabaco, emprende una agresiva campaña que pretende desplazar, particularmente a los cigarros, en una región tabacalera por excelencia y  comienza a promover su producto más conocido, el Pielroja. Discretamente, se muestra como el signo de la felicidad, pues “siempre marca las horas felices del buen fumador” y remata con “la experiencia de muchos años, continúa al servicio de los fumadores”.

Como al parecer, los dolores eran más frecuentes de lo común, muchos eran los productos que lo combatían. Neuralgina, por ejemplo, se anunciaba con caricaturas que llamaban la atención, especialmente al público local tan propenso a la “mamadera de gallo”, como aquella que decía “No me crea tan idiota, me rio de sus consejos, yo solo tomo Neuralgina para los dolores”; por su parte, Antonio Ruiz, de los laboratorios de su nombre, escribía “el hombre para triunfar en la vida, no debe tenerle miedo sino a una sola cosa, AL MIEDO. El miedo a un dolor de cabeza si no tiene a la mano una o dos pastillas de Dolorina”. Finalmente, para los dolores de garganta, que decían “era la puerta de entrada de los gérmenes”, gárgaras de Dioxogen, que “para el germen nocivo es la muerte y para el ser humano, la vida”.

Gerardo Raynaud D. | [email protected]

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