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Sábado, 22 Abril 2017 - 1:00am

Misión de la Madre Laura

La primera santa colombiana estuvo en el corredor que une a Norte de Santander con Arauca.

Pocos saben y algunos apenas recuerdan de las andanzas evangelizadoras de la primera santa colombiana por estas tierras, en la franja limítrofe con Venezuela, en el corredor que une a Norte de Santander con Arauca, en el cual se nos atraviesa una diminuta faja de tierra boyacense, como una extensión de la majestuosa sierra nevada de El Cocuy. 

Por los años veinte del siglo pasado, la madre Laura de Jesús Montoya, movida por el espíritu de Dios, se decide “catequizar”, primero, a los indios del Urabá antioqueño y luego a unos pequeños grupos de negros y mestizos que se habían asentado a la orilla de los ríos de la región de Ituango, en el mismo departamento. 

En 1924, por las noticias recogidas en medios de la época, la congregación de la “Lauritas” como eran conocidas en el ámbito rural, se trasladó, en compañía del padre Henri Rochereau, quien estaba radicado en la ciudad de Pamplona y que probablemente fuera quien les encomendó su misión evangelizadora, hasta la inhóspita región del Sarare para darles apoyo espiritual y material a los indios Tunebos, a quienes conocemos hoy como U’was.

Habían pasado diez años desde que la Madre Laura había establecido su primera Misión en las salvajes breñas antioqueñas y de convertir a unos cinco mil indios, sin embargo, los Tunebos era muy diferentes, “desconfiados en extremo, bajo las exterioridades de la sociabilidad, su antipatía con el blanco pasa los límites de la verosimilitud”, eran las palabras del padre Rochereau.

Varias tribus conformaban las familias descendientes de Chibchas, que para los blancos pareciera no tener diferencias, porque a la Misión, que habían bautizado con el nombre de Santa Librada, llegaban  Tegrias, Cobarías y Uncasias entre otros y que hoy sólo queda el recuerdo y eso a duras penas, de no ser por algunos noveles interesados que todavía mantienen la memoria de los hechos importantes de la región y el país, como es el caso de Ciro Alfonso Cano Mora, de cuyo escrito cito importantes apartes. 

Al grupo de hermanas, acompañada de un capellán y unos pocos fieles escuderos que las seguían para cortar camino y hacer más llevadero el tránsito hasta el lugar escogido para montar las cabañas que les servirían para desarrollar su cometido, no les fue fácil convencer a los indígenas y sólo después de unos meses, el capitán de los Uncasias,  les dio dos casas al lado de la suya, para tenerlos más cerca, diría yo, que para vigilarlos más que para obtener su ayuda, pues era de conocimiento general, el miedo que estos indios le tenían a la vecindad del blanco, miedo que les hacía abandonar todo y huir a los montes.

Sin embargo, los Tunebos comenzaron a encariñarse con las monjas, al punto que comenzaron a llamarlas biltas, que en su lengua significa madres,  y a pesar que entre las distintas tribus reinaba la desconfianza de unos y otros, se sentaban en grupos para escuchar con atención las prédicas, las que a veces interrumpían con risas agudas de contento o reflexiones en su lengua las enseñanzas que recibían y así por varias horas. 

Al principio ninguno quería aceptar remedios, pero después de cierto tiempo y ante las bondades que recibían,  fueron acercándose a pedirlos mostrándoles sus “llagas y sus carates”. Aún así, permanecían fuera de la clausura donde encendían sus fogones y colgaban sus chinchorros. 

Unos pocos aceptaban la cocina de las hermanas pero la mayoría hacía su propia comida de yucas y maduros. Atraer la confianza de los indios era lo más difícil pero a fuerza de constancia, se la fueron ganando y la enseñanza de su fe seguía su curso normal, de tal manera que el bautismo vendría en el momento menos esperado. 

La escuela de catequización era frecuentada con absoluta irregularidad por unos setenta nativos que constituían el primer núcleo y que eran la esperanza de las hermanas para penetrar más adelante y buscar los centenares de que esperaban más allá, en la espesura, lejos de su influencia. 

Algunas tribus fueron más receptivas, como los Tegrías que se idearon todo un plan para atraer a las hermanas a sus tierras y prometerles construirles casa y huertas, pero la decisión estaba en manos del obispo de Pamplona quien debía extenderles el permiso.

Con el tiempo, la misión fue extendiéndose y se construyó una escuela oficial para los blancos que aunque eran escasos –entre 6 y 7- fue necesario para su bienestar y futuro, pues vivían a grandes distancias. El capellán, padre Samuel Ramírez, tenía a su cargo la dirección espiritual de las monjas y el cuidado de los blancos.

Años más tarde, cuando las monjas de la Madre Laura se habían ido, otras monjas, las Teresitas, se instalaron en el lugar creando la nueva misión: El Chuscal. A mediados de los años 50 la situación con los nativos se tornó insostenible y finalmente en los noventa se cumplió el proceso de legalización del resguardo, retornando a sus raíces lo que durante mucho tiempo estuvo en manos del invasor blanco.

Gerardo Raynaud D. | [email protected]

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